Su foto en todas partes, su cuerpo sugerente pasando de mano en mano en catálogos y promociones, indolente a los ojos que la miran con lujuria. Descarada.
Hermosa como siempre camina sobre la pasarela, el diminuto corsé aprieta su cuerpo cimbreante y los flash de las cámaras no dejan de iluminarla. Sus ojos pasan por mi sin mirarme, "es así como debemos caminar amor, para no desconcentrarnos"... Mentirosa.
La espero al final del pasillo, la celebración en casa del diseñador ha sido larga y llena de excesos, la luz del sol amenaza con encontrar a los juerguistas en medio del éxtasis cuando ella camina a mi encuentro. Nos vamos.
"Dame algo, me duele la cabeza". Pongo dos pastillas en su mano que rápidamente las traga confiada. "Bébete toda el agua, te hará bien". La beso con dulzura, me mira con sus ojos ebrios y sonríe. "¿Cómo puedes amarme tanto si soy un desastre?" "Por que eres MI desastre." Acaricio su pelo suave, la llevo a la cama y la miro dormir. Mía, serás única y solamente mía.
Deshago mis pasos limpiando mis huellas. En mi departamento tomo una ducha y llego puntual e impecable a la oficina como siempre. En los diarios, imágenes del desfile de anoche, sus pechos impúdicos desbordando el escote de su corsé. Siento las miradas de envidia de los otros sin saber que soy yo el que envidia: mi mujer medio desnuda ante todos, mientras que sus mujeres jamás llegarán a mis manos en un catálogo de lencería.
Preparo mi ánimo para el día que me espera, ajusto detalles de reuniones e informes y planeo un encuentro en un bar. Llegaré tarde a su casa, la visitaré con un ramo de flores en las manos para alagar su éxito, llamaré a la policía angustiado, me desmoronaré frente a todos. Sobredosis, dirá la autopsia y los titulares hablarán de su muerte como introducción al consumo de drogas en los más altos niveles del espectáculo y la farándula.
Mía, por fin, mía, pura y total, exclusivamente mía.