y el silencio de la roca no me traiga tu mirada.
Cuando las olas dejen de parecerme tristes
y el rumor de las barcazas no azote mi memoria,
entonces podré despedirme.
Podré compensar el vacío,
con una nueva sonrisa.
Podré alimentar las horas,
con una nueva esperanza.
Podré escribir versos nuevos,
con una nueva mirada
y podré decirte en susurros
que mi espíritu te abraza,
amorcito mío.
Pero aún ese día no ha llegado
y mi mirada te busca en las olas
y mi silencio es un grito de angustia
que espera en vano respuesta de las rocas.
Porque tu cuerpo pequeño no vuelve,
no vuelven tus huesos a mis manos,
no vuelve tu silueta tan querida,
ni tus ojos, ni tu pelo, ni tus brazos.
Suspire entonces mi alma sin consuelo,
en las huellas y en la arena quede mi llanto
porque mi niño que se durmió una noche
hoy juega entre sirenas y sargazos
escondido entre algas y corales
acunada su siesta por las olas
mientras yo, su madre, no descanso
de llorar y esperar que la marea
lo traiga, de vuelta, a mis brazos.
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