Cuando nos vimos no sonaron campanas, no se iluminó el cielo ni escuchamos violines. Cuando nos conocimos éramos dos niños en nuestros cochecitos empujados por nuestras madres. Desde entonces que nos vemos casi a diario, compartiendo vacaciones, sarampión y paperas. No hay nada de ti que no conozca, nos bañaron juntos tantas veces. No hay novedad.
Sin embargo me captura tu alma, me revuelve la vida escucharte decir mi nombre y sin importar cuánto conozca tu cuerpo ni cuántas siestas dormimos abrazados, aún me cautivas. Por eso me destruye verte a su lado, de novia con el idiota, ese que todos dicen que espera este cumpleaños para pedirte matrimonio. Este que te mira, te abraza y besa tu mejilla con su sonrisa estúpida; porque sabes que lo es, que lo quieres porque es "fácil de llevar", "liviano, no como tú que tienes que pensarlo todo todo el tiempo, eso me cansa" y por no cansarte sigues a su lado mientras yo te miro desde mi rincón y sostengo mi copa llena en espera del brindis cuando digas que aceptas casarte y dejarme solo, condenado a mirar la copa llena sin poder beber hasta que la sed de ti me mate.
Alguien golpea una copa con un tenedor, todos te rodean, se hace el silencio, yo te miro y tú me esquivas confirmando que lo que pienso es cierto. Sin dejar de mirarte, espero por el milagro de que tu orgullo se quiebre y aceptes que me amas, aunque en el fondo sé que hace mucho que dejé de creer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario