viernes, 30 de marzo de 2012

Tu memoria.


Recuerdo el día en que llegaste a mi casa; mi nueva nana y su hija casi de mi misma edad. - "Se harán compañía" - dijo mi mamá y no nos separamos.

Crecimos y nos unimos sin importar diferencias, compartimos juegos y experiencias hasta que la adolescencia nos hundió en un un mar de hormonas que fueron nuestro fin. Tú no me entendiste cuando te dije que te amaba, me miraste con asco y dijiste que era casi un incesto, me considerabas tu familia y eso era lo único que no transarías por mi.

Te acompañé siempre aún cuando no entendí tu rebeldía. Declarabas sin tapujos tus preferencias por el amor libre, la liberación femenina y la igualdad de derechos, todas locuras para esos viejos años sesentas. No fue de extrañar que te lanzaras a la vorágine política y terminaras dañada como todos aquellos que creyeron y cayeron. Yo en mi ensimismamiento creí morir de angustia ante tu ausencia; cobarde.

De vuelta del encierro notaste los cambios en tu cuerpo y te aterraste, corriste de vuelta a casa y no lloraste, dijiste que no les regalarías más lágrimas. Como siempre estuve allí, tratando de acompañarte y darte consuelo sin alcanzar tu alma, era tanta la profundidad que temía perderme en tu abismo. "No puedo parir el recuerdo de esto, nada bueno puede nacer de tanto horror". Te ayudé como pude, pero ese hijo se aferró a la vida de tus entrañas como tú a tus desiciones, con obstinación.

Llegado el momento sostuve tu mano, nació sano sin secuela alguna y nuevamente no lloraste. No quisiste verlo ni tocarlo, te cerraste en tu abismo y te perdimos para siempre.

Me dijeron las enfermeras que debió haber sido durante el cambio de turno, buscaron por todos lados y fueron diligentes aunque no les creí, acostumbradas estaban a ese tipo de huídas. Lo tomé en mis brazos sin dudar en amarlo, una parte de él era tuya, tenía tu sangre tan amada también.

Nunca volvimos a verte y yo me averguenzo de mi, de la cobardía que me impidió seguirte, cuidarte, protegerte, detenerte a bofetadas si hubiera sido presiso para salvarte del dolor. Me averguenza tu tortura y mi miedo, mi falta de riesgo, mi cómoda burguesía. Si no tuve valor para asumirme y luchar por ti, para ganarme tu amor, ¿qué más se podía esperar de mi?

Hoy tu hijo sigue a mi lado inocente de tu vivencia, para su propio bien no sabe la verdad de su origen y parece haber sido una buena desición; resultó ser un joven alegre, vigoroso, solidario y tan obsesivo y determinado como tú.

"¡Cómo me dices esas cosas!"- dijiste mirándome con asco - "No vez que sería casi un incesto, si para mí eres mi familia, mi querida hermanita mayor..."

A diferencia de ti yo si lloro.

No hay comentarios: