jueves, 15 de agosto de 2013

Finales felices.

A diferencia de muchos que guardan dulces recuerdos de las historias que sus padres y abuelos les contaban en la infancia, yo no tengo historias que contar.

Cuando era pequeña, todas mis preguntas terminaban con la frase "cuando sea grande lo sabrá". Ni mi abuela ni mi madre contaban historias de su pasado, cuando algo se escapaba era en susurros y ante mi llegada el silencio caía como una cortina. Y es que en la casa de mi infancia el miedo era el rey. 

La dictadura cayó sobre nuestra familia imponendo océanos de distancia entre los nuestros y silencios verbales y escritos. Ese episodio de la historia de Chile nos marcó con un antes y un después y también con un nunca: los hermanos nunca más volvieron a estar juntos.

Recuerdo, a eso de las 11:30 de la noche, la batalla con la antena de la pequeña radio a pilas para sintonizar "Escucha Chile" el programa de la Radio Moscú, con la luz apagada y muy bajito. En el único dormitorio, acurrucada a mi madre yo trataba de entender. 

- No le cuente a nadie lo que hacemos con la radio.
- ¿Por qué mamá?
- Porque es peligroso, es un secreto.
- Bueno, no le diré a nadie.
- Ya, haga tutito.

Y con un beso caía al sueño sin entender siquiera la palabra "peligroso".

Fuera de la dictadura, los recuerdos de familia tampoco eran tema. Creo que el problema eran los finales tan distantes de la felicidad.

- ¿Qué hay ahí mamá?
- Eso es un bar. Ahí murió mi papá.
- ¿El tata? ¿Qué le pasó?
- Una pelea, le dieron un golpe en la cabeza, agonizó ocho días y murió. Yo tenía siete años y no lo olvidaré nunca. Tu abuela parecía la Jacky Kennedy con sus dos niños de la mano, todos de luto y su velo negro sobre los ojos.
- ¿Qué dos niños?
- Tu tío Osvaldo y yo.
- Pero él nunca viene, no lo conozco.
- Ay hija, esa es una historia larga, cuando sea grande se la voy a contar, ahora no va a entender.

Recuerdo que le pregunté a mi abuela si había querido mucho al tata y me dijo secamente "eso no se pregunta". Y así suma y sigue: asesinato, atropello, alcoholismo y cánceres tardíos, a eso sumarle ahora el suicidio ha sido lo más dificil. Sería bueno que alguien se muriera de viejo alguna vez para variar.

En mi familia no hay finales felices; o quizás debiera decir "había", como para guardar las esperanzas.

Quizás por eso el afán de mi madre y mi abuela de protegerme, de cerrarle la puerta a un pasado doloroso -y a veces escabroso- y fabricarme una infancia segura a pesar de sus propios miedos. Ese ha sido mi colchón, mi red de seguridad cada vez que el destino o la vida nos azota con un nuevo capítulo. Ahora las esperanzas están en los que quedamos, en que los hijos, mis primos, hagamos para nosotros una vida y un futuro mejor de ternura y tibieza. En que los nietos y sobrinos nietos cuenten con las herramientas sociales y emocionales para construirse un camino más seguro y sabio. En que los viejos, tan queridos, partan en dulzura y paz. Quizás por eso rezo aún, para pedirle al Dulce Ángel de la Muerte, el único que me ha dado pruebas de su existencia y su justicia (nos visita a todos, ricos, pobres, blancos y negros) que cuando nos conozcamos nos salude con un beso dulce y nos lleve, en un abrazo fraterno y cálido, a una dimensión donde no existan finales, ni tristes ni felices.

No hay comentarios: