miércoles, 14 de agosto de 2013

Pena.

Y justo cuando creí que podría volver a ver colores en el mundo, llega la tristeza con su garra fría y traicionera a rasguñarme el alma... 

Y cómo no me va a dar pena si me sales al encuentro, en una samba, un son, en el trinar de una guitarra, y en la pausa y en el ruido que es música, tu música, la música de todos los que conformamos este pueblo latinoamericano al que tanto querías.

Te extraño. Tu presencia física, tu voz, tu dulce voz, tu abrazo, tu risa, tus manos, tus uñas con las que rasgabas el charango, tus ojos y en ellos tu historia, esa que se impuso arrancándote de mi, de nosotros.

Quise imaginar que el calor en mi costado derecho era el calor de tu presencia y no la estufa. Quise creer que el suave calor en mis hombros era tu abrazo mientras caminabas junto a mi. Quise pensar en tu voz diciéndome "negrita, ¿cómo estás?". Quise pensar, creer, imaginar, pero la verdad es que aquí, físicamente, no estás. Y esa ausencia es la que me comprime el alma.

Sin embargo, me encuentras.

Música, ahí es donde retumba la energía de tu espíritu libre.

En un susurro te siento, en un verso te escucho, en una canción te abrazo y en la música estás, como ayer. Es allí donde acudiré cuando el dolor de extrañarte me atosigue, cuando la garra de la tristeza me amenace, cuando la pena de la ausencia me ciegue haciéndome olvidar que entre nosotros no hay muerte posible.

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